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Ni Krueger, ni Krugman

Por Rafael Bernabe, portavoz del Partido del Pueblo Trabajador

El reciente artículo sobre Puerto Rico del destacado economista Paul Krugman amerita más de un comentario. ("America's Un-Greek Tragedies in Puerto Rico and Appalachia", New York Times, 3 agosto 2015) Se trata de uno de los economistas más destacados en el mundo y de uno de los foros más leídos: el New York Times. Me parece que el artículo es muy criticable, no solo en términos de lo que plantea sobre Puerto Rico, sino también en cuanto a sus supuestos e implicaciones generales.

La tesis de Krugman es sencilla: el funcionamiento de la economía siempre tendrá efectos negativos en algunas regiones y los gobiernos pueden y deben amortiguar esos efectos, más que nada ayudando a las personas a buscar mejor suerte en otras partes. Para Krugman, los desastres económicos, como los huracanes, los terremotos y los tsunamis, son inevitables. Pensar lo contrario sería protestar contra el orden natural. Como afirma Krugman, y la metáfora de las mareas es reveladora: "If a regional economy is left stranded by the shifting tides of globalization, well, that's going to happen now and then." Algunos países se encontrarán, inevitablemente, "in the wrong place at the wrong time." La justificación por Krugman de la intervención del gobierno, el "big government", no dejará de molestar a los neoliberales, pero su premisa sigue siendo: a lo más que debemos aspirar es a amortiguar los desastres. Ciertamente hay que auxiliar a las poblaciones de las regiones relegadas, pero no se puede pretender más que eso.

Es decir, cuando se mira bien la cosa, aquí encontramos la misma fe en la capacidad del mercado para reajustarse que en el caso de los neoliberales, con la diferencia de que Krugman reconoce los costos humanos que esos ajustes pueden conllevar y entiende que el gobierno debe tomarlos en cuenta. En fin, si bien se puede simpatizar con su rechazo al neoliberalismo más despiadado, el texto de Krugman también ejemplifica los límites del keynesianismo actual, al menos para los que quisieran hacer algo más que amortiguar los males del capitalismo contemporáneo. Por eso objetamos sus planteamientos sobre Puerto Rico y su perspectiva global, algo que ya habíamos anticipado en otros escritos, como veremos.

Veamos como la perspectiva general de Krugman opera en su análisis del caso de Puerto Rico. Según Krugman, el problema fundamental de Puerto Rico ha sido el estancamiento de su economía desde hace más de una década. Esto es cierto y no es noticia: muchos analistas, incluyendo el que escribe y el Partido del Pueblo Trabajador, lo han señalado reiteradamente. Krugman indica que algunos atribuyen ese estancamiento a la eliminación de la Sección 936 a partir de 1996 o las limitaciones que suponen las leyes de cabotaje. Reconoce que estos hechos han tenido algún impacto, pero insiste que el problema fundamental es otro. Según él, la economía global en la actualidad concede ventajas a los países con salarios muy bajos (no dice nada de las "ventajas" que implica para los que reciben esos salarios) y los que por su localización tienen acceso rápido a mercados importantes. Puerto Rico no cuenta con ninguna de esas condiciones: los salarios no están entre los más bajos y su condición insular lo pone en desventaja en términos de transporte. Como dijimos, Puerto Rico está "in the wrong place at the wrong time." Como no podemos cambiar el tiempo ni mudar a Puerto Rico, se trata de una de esas cosas que inevitablemente ocurrirán: la "marea" de la globalización ha dejado a Puerto Rico varado. "That's going to happen now and then." (Este análisis me recuerda aquella famosa frase del funcionario de una pasada administración: "Such is life.")

Krugman explica que algunos analistas, como el informe Krueger, preparado por encargo del gobierno, al igual que otro informe preparado por el grupo Ad Hoc de bonistas han propuesto reducir salarios, compensaciones a los pobres y el gasto público (por ejemplo en educación, como propone el grupo Ad Hoc) como manera de revivir la economía. Aquí Krugman titubea, concede en principio que estas tesis neoliberales tienen cierta validez, pero al fin afirma que la evidencia que justificaría la noción de que reducir salarios y compensaciones aumenta el empleo es "sorprendentemente frágil". Se pronuncia claramente contra la propuesta del grupo Ad Hoc de bonistas de, como el los decribe, destruir la educación pública a nombre de una supuesta responsabilidad fiscal. Krugman no es Krueger y no abraza su programa de austeridad.

¿Qué hacer entonces? Según Krugman: Puerto Rico debe resignarse a su condición de región relegada o varada por las mareas de la globalización y el gobierno federal debe amortiguar el impacto facilitando que parte de su población se relocalice en los cincuenta estados y que la que permanezca en la isla no caiga en la pobreza extrema. Esto, según él, es lo que, en buena medida, ya está ocurriendo con la aceleración de la emigración y la operación de los programas federales como Medicare, Medicaid, entre otros.

En fin: la columna de Krugman es más que nada una polémica contra los neoliberales que siempre la emprenden contra el big government. Su punto: la economía global golpea a ciertas regiones, como es el caso de Puerto Rico, y gracias precisamente al tan atacado big government, el caso de Puerto Rico no alcanza los niveles de la tragedia griega. Hay que agradecerle a Krugman que no proponga la medicina amarga neoliberal, pero su análisis nos deja igual de varados. Si Krueger y los bonistas (la primera con y los segundos sin renegociar la deuda) nos condenan a bajos salarios, Krugman nos condena a mudarnos o seguir en un estancamiento asistido. Como dice Krugman: "The safety net is there to protect people, not places." Es decir, hay que ayudar a la gente a mudarse, no ayudar a la recuperación del "lugar". El lugar, en este caso, es Puerto Rico. (Es interesante, pero discutirlo nos desviaría demasiado, como Krugman concibe a las personas como desvinculadas de todo lugar: consideraciones de pertenencia, comunidad, identidad y de ecología, que sin duda son complejas, no entran para nada en esta mirada que solo ve fichas humanas en el mercado global.)

En Puerto Rico ¿tendremos entonces que escoger entre Krueger y Krugman? En términos globales, ¿debemos conformarnos con pedir a los gobiernos que amortigüen los efectos de la globalización? Me parece que hay que responder no a las dos preguntas. En términos generales nos parece que no hay que limitar la intervención del big government a atender los peores destrozos de la llamada globalización. Por lo mismo no hay que limitar sus iniciativas en Puerto Rico a auxiliar en la relocalización de parte de su población y asegurar un mínimo a los que se queden.

Formular esto me recuerda algo que había olvidado: en algunos escritos de finales de 2013 ya habíamos señalado tanto los méritos como las limitaciones de la crítica de Krugman del neoliberalismo. Y al plantear una política alternativa también indicamos lo que conllevaría para Puerto Rico. Nuestros escritos de entonces son en ese sentido una respuesta anticipada a los recientes pronunciamientos de Krugman sobre Puerto Rico.

Así, en cuanto a los méritos de su crítica del neoliberalismo, indicamos en noviembre de 2013 "que economistas liberales como Paul Krugman han criticado las posiciones del Tea Party y de la derecha republicana e incluso demócrata indicando que su obsesión con la reducción del déficit tan solo puede prolongar la crisis. La reducción del gasto público, señala Krugman, solamente puede deprimir la demanda y retrasar la recuperación. La ampliación del gasto público, como se demostró durante la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial, es necesaria para salir de la crisis (…) En ese sentido, Krugman también critica los paquetes de estímulo de Obama por su tamaño insuficiente: para reactivar la economía de Estados Unidos era y es necesario un gasto quizás tres veces mayor que el realizado hasta el presente." Pero igualmente indicamos que "el problema no es solo la magnitud insuficiente sino la composición de los programas de estímulo: su énfasis en recortes de impuesto y estímulos al gran capital para que éste, a su vez, reactive la economía con el reavivamiento de la inversión privada." (Ver: http://www.80grados.net/detroit-el-tea-party-obama-y-puerto-rico/)

Desde ese punto de vista endosábamos la posición de otros economistas que señalan la necesidad de una intervención pública más directa en el diseño y ejecución de un plan de empleo y reconstrucción económica. En ese sentido indicábamos, de nuevo tomando ideas de otros autores que "si el gobierno rescata los grandes bancos y las grandes corporaciones, entonces debe tener injerencia en el curso de acción de esas empresas. Si algunos bancos o empresas son 'too big too fail', es decir, demasiado grandes para que se permita su colapso, entonces son sencillamente demasiado grandes e importantes para ser operadas privadamente y con fines privados: deben ser administradas como bienes sociales. No se trata de esperar que el gran capital decida invertir y crear empleos cuando le resulte rentable: se trata de tomar el capital paralizado para crear empleos ahora. (…) No se trata de esperar a que el gran capital inicie la conversión masiva del automóvil al transporte público o de la energía fósil a la renovable cuando comprenda la necesidad del cambio y lo considere compatible con sus ganancias, sino de iniciar esa transición con la urgencia que la crisis ecológica impone."

En otros escritos también señalamos la propuesta de algunos autores de recuperar el concepto del Freedom Budget, elaborado por Martin Luther King y sus colaboradores en la década de 1960 y escribíamos: "Si algo debemos recuperar de la obra de King en el presente y ante la crisis actual es esta idea del 'Presupuesto de la libertad'. Si algo necesitamos hoy es un gran proyecto de reconstrucción económica dirigido a la creación de empleo y a satisfacer las necesidades de la población, proyecto que debe conllevar y que tendrá que financiarse a través de una radical redistribución de la riqueza. Tal proyecto incluirá una política contributiva que convierta las riquezas secuestradas privadamente en recursos públicos, la creciente planificación democrática del desarrollo económico, el empleo e ingreso garantizados para todos y todas, incluyendo la salvaguarda de las pensiones, la actualización del salario mínimo y otras disposiciones laborales, así como el crecimiento de la organización sindical." (Ver: http://www.80grados.net/en-el-dia-de-martin-luther-king/)

Sobre cómo financiar tal proyecto adelantamos lo siguiente: "¿Cómo financiar tal programa? En el caso de Estados Unidos, diversos economistas han indicado que entre otras medidas están (1) revertir los recortes de impuestos a los sectores más ricos adoptados por la administración Bush II y (2) fijar impuestos a las transacciones financieras (un impuesto de .03%, es decir, tres centavos por cada $100 de transacción generaría más de $352 mil millones en diez años); a la riqueza (a diferencia del ingreso) del 1% más rico (un impuesto de 2% generaría cerca de $400 mil millones al año); (3) a las superganancias de cuatro 'industrias' particularmente privilegiadas: la banca, empezando por los 20 bancos más importantes, las más grandes aseguradoras, las empresas petroleras y la industria farmacéutica. En cuanto a las contribuciones sobre ingresos, debe regresarse a las tasas vigentes en 1980 para el 10% más rico."

Y aterrizando en Puerto Rico señalábamos que "parte de ese proyecto que necesita imperiosamente el pueblo trabajador de Estados Unidos (incluyendo los más de cuatro millones de puertorriqueños y puertorriqueñas que allí residen) debe ser un proyecto de reconstrucción económica de Puerto Rico, que debe incluir una ampliación de la inversión pública y del sector cooperativo y que, con fondos federales y la reinversión y recuperación de parte importante de las ganancias que hoy se fugan del país (más de $35 mil millones al año), se plantee la creación de una economía acorde con nuestras necesidades. Entre otras áreas, ese plan debe incluir la recuperación del sector agrícola, según las indicaciones de organizaciones internacionales sobre la seguridad alimentaria, y la necesidad de hacer la transición a las formas de energía renovable. Esa sería la versión aquí y en el presente del sueño de Martin Luther King." Así que si vamos a escoger entre las opciones de la letra K, actualicemos el legado de King en lugar de escoger entre Krueger y Krugman.

Es desde esa perspectiva que hemos seguido elaborando nuestras propuestas de emergencia como la necesidad de reconsiderar la política de exención contributiva, renegociar la deuda (incluyendo la suspensión de pagos y la auditoria) y realizar una reforma gubernamental con participación laboral y ciudadana. No es este el lugar para repetir los detalles de propuestas que hemos formulado en otros escritos (se pueden consultar en pueblotrabajador.com. Un resumen reciente de nuestro análisis puede verse en http://cadtm.org/Detras-de-las-crisis-de-la-deuda). Nos rehusamos a escoger entre la austeridad de Krueger y el fatalismo de Krugman.

En otro trabajo indicamos como la exigencia de combatir el calentamiento global imponía un aumento de la producción para mercados locales, crear condiciones para que los países en desarrollo se modernicen sin recurrir al uso o explotación de los combustibles fósiles para lo cual es necesaria una importante transferencia de recursos en su dirección, cancelar sus deudas, permitir la mayor orientación de sus economías hacia sus mercados internos (sin excluir la exportación). Esa debe ser la lógica de nuestras propuestas, por limitados que sean los pasos que podamos dar inicialmente. (Ver: http://www.80grados.net/capitalismo-fosil/)

Es lamentable que Krugman, desde uno de los periódicos más influyentes del mundo hable como algo natural del hecho de que "estos días" la economía favorece los bajos salarios. Desde un foro global como el New York Times habría que proponer políticas globales para que la economía global deje de favorecer la sobreexplotación del trabajo. Ni Puerto Rico ni el mundo tenemos que resignarnos a solo ponerle parchos a los destrozos de la globalización comandada por el gran capital. En esto Krugman asume una posición inconsistente: si, como él señala, la globalización favorece a las regiones con salarios bajos ¿no tendrá entonces razón el informe Kruger cuando plantea que Puerto Rico debe bajar los salarios? Esto demuestra que para responder a Kruger no basta con proponer parchos a las reglas vigentes de la globalización, hay que atreverse a cuestionar esas reglas y a proponer (sobre todo si se escribe desde el centro mismo de la economía mundial) nuevas reglas.

No dudamos de que nuestras propuestas van a contrapelo de las políticas que han predominado en el mundo durante las últimas décadas y de los sectores que hoy determinan la política federal. Sobre esto concluyo reiterando lo que afirmamos en el artículo que ya citamos varias veces: "sería poco realista esperar que los partidos existentes vayan a asumir este programa, sea en Puerto Rico o Estados Unidos. (…) Para impulsar una reconstrucción económica verdadera hacen falta nuevos movimientos sociales, un sindicalismo renovado y nuevos programas y partidos que los promuevan, tanto en Puerto Rico como Estados Unidos. Esa me parece que debe ser la orientación de los esfuerzos por salir de la crisis de los que vivimos en Puerto Rico, de los cuatro millones de puertorriqueños que viven en Estados Unidos y de nuestros esfuerzos por construir alianzas con los movimientos sociales y políticos en ese país. El hecho de que en la actualidad los que defendemos estas posiciones tanto en Estados Unidos como Puerto Rico somos minorías tan solo subraya la importancia del trabajo conjunto."

Un país en que la gente pueda trabajar para satisfacer sus necesidades (directamente o a través del intercambio), que goce de tiempo libre y se relacione de manera sustentable con su entorno: no creemos que sea demasiado pedir. Curiosamente, neoliberales y keynesianos nos dicen que de acuerdo a las reglas de la globalización eso no es posible en Puerto Rico: tendrá que lograrse entonces a contrapelo de esas reglas.